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“El Mundial que vendrá, el Mundial que ya llegó”

En un mundo difícil, insolidario y entreverado en la vorágine de guerras que a poco conducen, el Mundial de Fútbol es un oasis que conjuga el verbo ‘amistad’.

El encuentro en Estados Unidos, México y Canadá va ser la múltiple visión de un planeta que quisiera, allá en el fondo de los fondos, que todo fuera como lo pregona el Mundial. Más que una competencia, más que meterse los dientes en la sinrazón de la fanática rivalidad, el Mundial es jugar y vencer, pero también abrazarse y compartir la existencia de los seres humanos.

Por eso el libro. Los escribimos mirando el hoy como si fuera porvenir, sintiendo el fuego incandescente de la afición de siempre, de toda la vida, y echando una mirada a la selección Vinotinto: ¿por qué no está ahí, entre los cuarenta y ocho que entre junio y julio dirimirán su fútbol y su superioridad? ¿No hubiera sido un gustazo y un motivo para sonreír y celebrar ver a la selección venezolana en aquel escenario de luces y promesas?

En el texto hablamos de aquellos equipos que, por razones de vida, rozan con Venezuela; en “Ellas, las imprescindibles selecciones de corazón venezolano”, abordamos la piel de las seis de Suramérica, además de las que, por razones históricas, han amado al país. España, Portugal e Italia. Por motivos de calidad y por ser candidatas de preferencias, incluimos también a Francia e Inglaterra.

Más adelante, hablamos de “La Vinotinto, una mirada con ilusión hacia 2030”, para luego vivir otra vez el sufrimiento de aquellos jugadores que, por las vueltas del infortunio, quedaron atascados en los pantanos de la frustración, perdidos con sus inmensos deseos de jugar el Mundial. “Los que quedaron en el camino”, se llama tal capítulo, y por ahí merodean, con gesto de dolor, cracks del pasado como el gran Alfredo Di Stéfano.

Y citemos ahora el dedicado a “Los mundiales como parte de la humanidad”, desde aquel de 1930 jugado en Montevideo y que quedó en las reseñas como el primero, y también con el duelo de los cientos de desaparecidos que viajaban desde Buenos Aires a Uruguay y que sucumbieron en las aguas turbulentas en el Río de la Plata, hasta el de Catar de hace cuatro años. Las letras avanzan y nos hablan de “un epílogo necesario: ¿cómo serán los mundiales del futuro?”, en el que, encaramados en el caballo indómito de la imaginación desbordada, tratamos de ver en una cancha verdaderos campeonatos surrealistas, Europa contra América, y en un ataque de alucinación, un torneo interplanetario, Venus contra Marte, Saturno contra Neptuno.

“Seis cuentos mundiales”, fantasías del autor, son el epílogo de un libro que no tiene otra pretensión que tocar en el recuerdo la trascendencia de un encuentro en el que las naciones, lejos de balas y cañones, de drones y misiles, prefieren mirarse en una cancha de fútbol, disputar un balón y darse el abrazo de hermanos de la Madre Tierra.

Richard Páez: “La emoción de creer”

Con el fútbol vivo en su mente, con la Vinotinto como razón de vida, Richard Páez es el entusiasta prologuista del libro. El inolvidable director técnico de la selección nacional y gestor del nacimiento de una idea desprovista de pequeñeces, redactó un texto que no solo alimenta la manera de contar, sino que llama a la reflexión.

Y lo hace en dos vertientes, en dos líneas paralelas que, sin embargo, al final se juntan: el Mundial como manifestación de naciones y sus maneras de jugar, y la Vinotinto como esperanza. Conversa de un tema y otro, desglosa sus visiones futbolísticas con razonamientos de conocedor y, a la vez, con fe y mirada hacia un porvenir venezolanista de grandes días que no han de tardar.

Su exposición es una guía mundialista y un canto esperanzado por un mañana mejor, y por la emoción de creer, título de su prólogo-preludio.

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