Miguel Induráin sigue siendo el espejo en el que se miran generaciones enteras de ciclistas. Su palmarés, con cinco Tour de Francia, dos Giro de Italia y un dominio incontestable de las grandes vueltas, lo coloca en la élite histórica. Sin embargo, el navarro también guarda un rincón para la autocrítica.
En una reflexión poco habitual en una figura de su tamaño, ha puesto nombre a lo que considera su gran carencia como corredor: la dificultad para "rematar" en las carreras de un día.
"Tengo muchas espinas clavadas y me costaba rematar. Sobre todo en las carreras de un día no había forma ya que no tenía mucha experiencia en correr ese tipo de pruebas", explicó Induráin, que reconoce que su preparación y su mentalidad estaban orientadas a las tres semanas, no a los finales explosivos de una clásica.
La prueba que más le duele no haber conquistado es clara. "Sobre todo me hubiese gustado ganar la Lieja-Bastoña-Lieja, una carrera en la que logré hacer cuarto y buenos puestos pero nunca la llegué a ganar y era una carrera que me gustaba", confesó.
En sus cuatro participaciones, su mejor resultado fue aquel cuarto puesto de 1991, lejos del podio que sí alcanzaron otros españoles en la Decana: España suma cuatro triunfos gracias a Alejandro Valverde, y nombres como Joaquim Rodríguez, Iban Mayo o David Etxebarria sí se subieron al cajón.
La falta de experiencia en las clásicas
Induráin admite que, en ese terreno, competía con desventaja estructural frente a los especialistas. "En esas carreras me faltaba experiencia, sólo corríamos dos o tres clásicas y no sabíamos bien dónde se jugaba la carrera", detalló, subrayando una época en la que el calendario y la planificación eran muy distintos a los actuales.
El navarro, que también fue doble subcampeón del mundo en ruta y tercero una vez, enlazó esa sensación con otro recuerdo amargo: "También no llegué a rematar en el mundial en el que hice dos veces segundo y una tercero".
Una confesión que humaniza a Induráin: el mismo corredor capaz de controlar la montaña y el reloj como nadie, pero que en un día señalado echaba de menos la chispa, la intuición que requieren las clásicas.